domingo, 15 de diciembre de 2013

Homenaje a Hugo Ditaranto

Viernes 20 de Diciembre a las 18.30 en Pieres 226

Se pasaran videos del inolvidable Tano

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Ser niño es ir de la mano de mamá. Su mano era mi contacto con el mundo.
En mamá terminaba yo y empezaba el mundo.
Un día sentí que la mano de mi madre temblaba, y fue como un terremoto.
La causa, absurda:un simple perrito callejero. Para defenderse, mi madre
pronunció un exorcismo que, al parecer, la aliviaba de su pánico: -San Roque
San Roque, que me mire pero que no me toque. No recuerdo si la conjura
fue eficaz, pero lo cierto es que mi madre, aquel día, me pasó su aprensión a
los perros, que me dura hasta ahora.
Los perros, indefectiblemente, suelen darse cuenta de lo que yo siento,
y se acercan para explicarme que no me va a pasar nada,
que ellos son animales amistosos. Pero los aprensivos de los perros
siempre interpretamos mal ese acercamiento y entonces la aprensión no
solo no cede sino que se acentúa.
Cuando en el año 1973 viaje a Resistencia, la capital de la provincia
argentina del Chaco, me encontré con esta historia de Fernando.
Los que la habian vivido la contaban con orgullo, para advertirnos que
habiamos llegado a un lugar muy particular. Los más pequeños
la avalaban diciendo que Fernando fue un perrito que nunca tuvo dueño
y que por eso su dueño fue todo el pueblo de Resistencia.
Volvi a Buenos Aires con testimonios, fotografías y una gran esperanza :
escribir esta historia de Fernando y acabar de ese modo con
aquel terremoto que había empezado el día del susto de mamá y su doble
invocación a San Roque.
Yo, que nunca había podido jugar con un perro de verdad,
quizas pudiera jugar con el recuerdo de un perro y empezar asi
a cambiar las cosas.
Pero no funcionó.....

En el Paleolítico, el hombre y los demás animales hablaban
el mismo idioma y eran amigos, porque compartían todas
las desgracias: el mal tiempo, el hambre, la sed, la enfermedad,
las inundaciones, la oscuridad de la noche.
Se solían reunir en alguna cueva. Allí fue que sucedió esto:
Una noche el hombre estaba muy nervioso, preocupado,
muy preocupado y no dormía. Caminaba de una pared de la cueva
hasta la otra pared de la cueva, sin parar. Lo observaba su amigo
el perro, sorprendido por tanta caminata. Al fin, le preguntó
que le pasaba y el hombre dijo que no lo sabía, que estaba preocupado,
que sentía inquietud y angustía y miedo pero que no sabía a qué ni por qué.
El perro reflexionó unos minutos y luego le dijo:
"Vos, Hombre, serás el animal que más ha de progresar, porque
tus manos tienen un pulgar oponible y con esa herramienta insuperable
modificarás el mundo y lo pondrás a tus pies. Vamos, pues,
a hacer un trato: yo te cuidaré de noche, vigilando para que no te pase nada
y vos, a cambio, me darás de comer todos los días. ¿De acuerdo?"
En toda su historia el hombre firmo miles de tratados,
que jamás cumplio.
Pero este que no firmó en el Paleolítico con su amigo el perro,
curiosamente, es el único que respeto hasta el día de hoy.

Hugo Ditaranto

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